4 de marzo de 2013

La huella de Curro Piñana.


Llega un tiempo y una edad en la que te paras a pensar en flamenco, en experiencias y vivencias y te sientes mayor. Más mayor que tu propia edad, más de lo que te pesan los años, más que todo. Pero no se me quitan las ganas de abandonar el sendero, de seguir escuchando, viendo y aprendiendo, aunque el aprendizaje a veces te haga viejo.

Cuando yo tenía 14 años, en casa, nos recuperábamos del infarto de mi padre y poco a poco le iba saliendo de nuevo la voz. Más pausada y más limpia, más flamenca. Una noche de final de verano nos reunimos unos cuantos amigos de la familia e hicimos una reunión flamenca memorable.

Allí me presentaron a Carlos Piñana y Curro Piñana, a sus padres y demás familia. Acababan de despegar, y yo notaba entre cantes y palmas como con Curro tenía una afinidad que no notaba con nadie más de los presentes. Con 14 años no sabes casi nada, yo apenas sabía distinguir palos, compás, cantaores y algo de historia del siglo pasado de flamenco, cafés cantantes y festivales. Pinceladas de un cuadro más grande que el Guernica.

Curro había ganado la Lámpara Minera ese año, creo recordar, 1998. Su tierra había sido la primera en reconocerle su labor. Estaba estudiando psicología pero su estirpe es de las más flamencas de la Región y una de las grandes precursoras de los cantes de levante. Lo diré así, Currito tenía una garganta sana, sin adornos, y cantaba por derecho.

Nos veíamos en fechas flamencas: saetas de Semana Santa, Festivales de la zona, cumpleaños de amigos comunes y todo tipo de evento flamenco que se preciara. Carlos siempre fué más independiente, más creador de melodías con su guitarra, más hermético, más Piñana. Pero Curro era gracioso, era atento, educado, el feo de la familia, el que pululaba con unas y otras, el imitador, el burlón, el alma de una fiesta.

Tengo que reconocer que yo de los Piñana he aprendido mucho, pero mi fuente siempre fué este cantaor. Me explicaba un origen, una letra, me describía a un cantaor, me hacía ver la sensibilidad de las cosas, el arte de un movimiento, el saber disfrutar de un momento y quedarte con lo mejor. Me enseñó a valorar la esencia de mi padre y cuidarla como él siempre ha hecho desde que lo conoce.

Aunque para mi Curro es muchas cosas más que un simple cantaor, su cante hace años que no me llega como antes. Sus fusiones y sus incursiones con otras culturas no comulgan con mi forma de sentir el flamenco, a veces, me ha tocado el alma, pero instantes casi inapreciables, su voz se ha alejado del cante jondo. No soy amante del falsete, de las escalas líricas, de las modulaciones excesivas. Lo que son las cosas, quien te induce al flamenco después dejas de sentirlo.

Todavía coincidimos en casas amigas, y compartimos grandes momentos, y ahí es donde vuelvo a ver al gran cantaor oscuro y profundo. Un cantaor que suda, que se pelea con su cante, se revuelve con la guitarra, que gesticula flamenco, y que sale airoso de los tercios. Eso si toca, y hasta hace herida. Curro es un cantaor de cátedra aunque lleva su cante por otros mundos paralelos.


Y se ha nutrido de lo mejor, además de su familia, yo lo he visto aprender del compás de Chano Lobato, de la maestría de José de la Tomasa, de la fuerza de José Menese, de los romances de mi padre... Lo he visto ser esponja y hacer espuma. Aquí no se para de aprender nunca, él lo sabe bien.

Él es consciente de que lo quiero, que siempre le he tenido un cariño mágico, y mi familia también. Pese a que su cante no sea ya tan puro, es un sabio que colaboró con la labor de hacerme una buena aficionada. No sería una persona franca y honesta si no lo escribiera aquí. Gracias Currito, por las idas y las vueltas que tanto te gustan, por tus cantes de levante que tanto me gustan a mí, por enseñarme un camino, por estremecerme.

Nos vemos pronto, familia.

11 de febrero de 2013

ATEMPORAL

Hoy quería escribirle a él, a mi, a nosotros. Tengo la sensación que siempre estamos los dos en el mismo punto, pero yo a veces me aburro de disimular, él sin embargo se ha fabricado un atuendo de naturalidad para estos casos extremos. Hay días, espolvoreados en el tiempo y en los años que hace que nos separamos, que aún lo echo de menos. Qué cosas.
Entonces voy a él, que sabe aún sorprenderme y se desnuda despojándose de su traje de piedra y me cuenta la verdad. Sí, es recíproco. Nos echamos. Yo siempre lo he sabido pero nunca he podido demostrarlo. Él odia la mentira, pero a veces me omite la verdad. He tenido un golpe de suerte merecida. Ahora es cuando él lee esto y se arrepiente eternamente de habérmelo dicho, más lo siento yo.

Tengo unas ganas horribles de ir corriendo hacia él y engancharme en su cuello, sentirme segura, comprendida y tranquila; y ver una mirada limpia de cariño como siempre la tuvo, la tuvimos. Su gesto y su detalle me hablarían de todos estos años, me dirían donde estoy yo, que queda de mi después de tanto tiempo y tanta distancia de por medio. Tengo frío y miedo, sin embargo siento que por dentro las dudas me están haciendo arder. Merece la pena saberlo, merece la pena volverlo a sentir, merece la pena romperme como una niña delante de él. No lo sé. Disimulemos. Salir, beber y el rollo de siempre. A lo Iniesta.

Asumamos que nuestra relación ha sido siempre atemporal, y sigue siéndolo, mientras estábamos juntos y después también. No entiende de momentos, de circunstancias, de personas, ni de nada más que no sea el uno y el otro, juntos o separados, con vidas independientes, estables y tranquilas. Que más da, si al final todo me sale siempre bien (del revés) y estamos unidos por algo que no se puede tocar pero que es real. Tenemos una forma de mirarnos y de sentir que con el tiempo no se olvida, ni se transforma, ni se marchita, ni se mata; el tiempo a nosotros no nos afecta, ni nos cambia, ni decide por nosotros. A veces nos gusta, otras nos odiamos por ello. Y disimulamos muy bien.




Desde que él decidió irse no he permitido que nada me haga daño ni que nadie me duela. Eso hay que ganárselo, el sufrimiento gratuito es para ineptos. Me gusta tener una llaga que ha cicatrizado pero no ha desaparecido, es la sangre negra de esta herida brota que me recuerda una y otra vez que él es demasiado para encerrarlo en un recuerdo o guardarlo en un adiós. Él no es perfecto, ni yo tampoco, pero teníamos millones de formas de querernos, demasiadas, y eso no nace en cualquier relación; ¿suerte? quizá. Mejor sentirlo una vez que no conocerlo nunca. Seguiré conociendo a personas que me decepcionen, me desilusionen, me sean indiferentes y me produzcan desinterés, y otras que me despierten lo contrario, pero nada será igual ni habrá mil formas de reír, ni habrá un sentimiento que me haga vibrar porque algo atemporal no quiere irse al olvido, lucha y pelea por seguir viviendo en mi y lleva ganando batallas unos cuantos años. Encima es recíproco, como siempre. Que le vamos hacer, tendremos que disimular.

Aquí estoy, de incógnito, esperándolo en la esquina con las manos vacías metidas en los bolsillos, con la mirada alta, sin escudo en el corazón y con un atuendo de naturalidad prestado. Sin rencor, con ganas de mirarle a los ojos y saber la verdad. Quiero que me recuerde quien soy yo mientras me mira y hasta las palabras se me olvidan, eso es. Puede que encuentre un hilo de vida a su lado o que no encuentre nada más que restos. Me cruzaré contigo pronto y no se como haremos para llegar, al mismo tiempo tu que yo...

 
No hay canción para esto, ya las he cantado todas.

21 de enero de 2013

Pellizco: justificante de permanencia flamenca.


Me gusta despertarme con soniquete, recordar letras en la calle y canturrearlas. Me gusta esperar a alguien mientras zapateo o repasar escobillas con los zapatos de calle. Me gusta quitarme el abrigo como si fuera un mantón de manila o un capote de toreo. Me gusta pasear llevando el compás en las manos o haciendo palillos.

Me gusta maquillarme para salir y hacerme la raya en el ojo y después borrarla. Probarme la ropa y hacer poses flamencas.
Me gusta sentarme en las sillas de enea con la espalda recta como si me fuese a templar. Me gusta mirar al mundo igual que miro algo flamenco, con interés y desafío. Me gusta usar a diario palabras como jurdeles, canguelo, calé, fatiga, duquela, y un largo etcétera...

Me gusta observar todo lo que lleva lunares o me trae un aire canastero. Me gusta acordarme de coplas cuando veo a ciertas personas y cantarlas al verlas llegar de lejos. Me gusta enseñarle a mis sobrinos a hacer palmas palmitas pero yo se las marco por bulerías para que se rían y me gusta que asocien que me voy a bailar cuando me pongo vestidos para salir de noche.

Me gusta mirarme en el espejo la espalda, verme la rueda del carro tatuada y pensar que es perfecta. Me gustan mis caras de mala ostia cuando conduzco porque voy escuchando cante rancio y la gente no lo sabe. Me gusta mirar fotos y recordar grandes momentos de arte, sonreír y alegrarme de haberlo vivido. Me gusta hacer todas estas cosas sin ser consciente. Me gusta estar con amigos que comparten este arte y reír de cualquier cosa. Me gustan que me acepten de esta manera y sepan que esto nunca cambiará. Me gusta dirigirme a los artistas diciéndoles "maestro" y mirarlos fijamente. Me gusta contener la respiración en un quejío a ver si llego a asfixiarme un día.

Me gusta conocer a gente que puede entenderme o hacerle gracia estas tonterías, pero no soporto a los que ignoran la cultura flamenca y creen que es un estilo musical más. Perdonen, pero eso no. No me gustan los que no saben escuchar, los que se van de compás y me pierden. Los que preguntan incordiando haciendo imposible crear un momento de complicidad flamenca. Porque nada les importa. 


No me gustan los artistas que no son cercanos, los que cantan y se van sin más, los que no dan nada en un escenario ni fuera de él. Porque esto no es un simple negocio. No me gustan las aficiones intermitentes, soy más de permanencias justificadas. No me gusta la infidelidad, la mentira y la injusticia de un arte como este. Ni de la vida en general. No me gusta que se le maltrate, que se le infravalore, que se le falte el respeto porque formo parte de él y considero que me atacan a mi también.

El flamenco no tiene truco, es bello sin adornos, es algo desnudo que te viste y te hace pelear sin moverte. Es generoso en variedad, geografía, estilos, disciplinas... Eso sí, quien no nace con algo dentro que le pellizca es imposible que haya entendido alguna de las palabras de este texto. 



Y es que los momentos, las personas o las cosas te pellizan sin avisarte.
La antelación aquí es algo muy relativo. Y la objetividad es imposible de mantenerla a flote la mayoría de las veces. Somos lo que sentimos, pues eso.
Sigo mi rumbo según lo previsto, flamencos.

Hasta pronto.

8 de enero de 2013

Con permiso: Joaquín Cortés.

Me daba extrema pereza quitar mi anterior entrada de principal, estaba tan sarcástica que volverme flamenca iba a ser un cambio brusco. Pero yo soy así, de bipolar, no de brusca.

Ya terminó la navidad. Las comidas, las cenas, las copas, los villancicos, los regalos, los besos, los roscones y demás. Por fin se acabó. Feliz año a todos, punto y pelota.

A mi hoy me gustaría hablar de conquistas, de sentimientos desnudos, de palabras absurdas, de orígenes ancestrales, de leyendas y batallas. Pero el nuevo año no me trae nada novedoso. Era de esperar. Entonces yo me vuelvo flamenca, y me escondo otra vez para sentirme lejos de la gente.

Y él siempre está ahí, mirando, con su torso desnudo y su mirada desafiante para no dejarme ni dormir. Él, de negro, de blanco y negro, de oscuro flamenco que un día envolvió todo su ser y nos dió la libertad. Para mi fué y lo será siempre, esa novedad mágica que se alejaba conmigo de todo y se acercaba a mi corazón una y otra vez sin poderlo remediar.


La danza lo llevó a lo más alto, hace más de 20 años, fué la revolución de masas, la idea de una conquista que no fue frustrada mientras hubo flamenco para dar y repartir dentro de él mismo, y tenía tanto arte que lo regalaba y lo demostraba de forma incansable hasta que no tuvo la fuerza.

Si a estas alturas alguien no sabe de quien estoy hablando también puedo decir de él que inventó y reinventó grandes fórmulas dentro del baile flamenco, del cuadro de cante pa tras, de los instrumentos, de vestuario y de las formas de coreografía.

Fue un genio demasiado temprano: Joaquín Cortés.


A veces me entristece ver que la afición no le reconoce lo que en su día hizo, lo que aportó. Pocos espectáculos de baile eran tan de verdad como los suyos, reales escenarios llenos de puro sentimiento, de ideas geniales y de puestas en escena atrevidas, inigualables en los años noventa y principios de nuestro siglo. Su música era simplemente sublime para el baile, quien no se ha puesto alguna vez "Dicen de mi..." de Pasión Gitana y se ha puesto a soñar, por favor, es una obra magnifica, su gran obra.

Cierto es también, que los años no han jugado a su favor, que no se ha sabido mantener o simplemente no ha querido, decantándose por otros asuntos alejados de baile y mas cerca de un candelero de prensa rosa. Eso no es cosa mía. Yo me quedo con su movimiento, con sus sorpresas, con la manera que nos enseñó en su día de mirar hacia el flamenco. Con una total libertad y un gran respeto. Y se debe de reconocer.

Joaquín Cortés conquistó el mundo, entero. No estaría de más que volviera este año, pero dudo mucho que ya lo haga. Ha aparecido entre luces y sombras estos últimos tiempos, pero ya no se acerca a la raza mágica que lo envolvía antes. O al menos yo no tengo esa percepción.

Era visual, cuidaba detalles, su música era casi mejor que su danza, todo estaba medido pero parecía tan natural y tan flamenco... que pensarlo ahora me parece un simple sueño que nunca existió. Pero ahí está, cada vez que abro el armario y yo me pregunto mil cosas cuando lo veo.

La belleza del baile masculino, antes de que vinieran los Farrucos arrollando se llamaba Joaquín Cortes. El bailarín más bello de la tierra.

Recuerdo la voz de una de mis profesoras marcando un paso diciendo... "Hazlo a lo Joaquín Cortés"; "Eso es muy de Joaquín Cortés". Siempre lo tuve presente. Era irremediable. Nadie se había desnudado antes en un baile, nadie había parecido más indio y tarzán, nadie parecía un ave rapaz dispuesta a echar a volar. Nadie conjugó en el cuadro musical violines, flautas, percusión, voces, palmas y composiciones tan originales, que ahora vemos normal. Pero antes no lo era, ni mucho menos. 




Fue tachado de muchas cosas, y lo seguirán tachando, pero a mi Joaquín Cortés me tocó el alma un día, de carne y hueso y con eso me quedo, como siempre, hay que quedarse con lo mejor.

Vamos a darle el sitio que merece, no el que otros le dan. Un maestro, un innovador y un gran bailarín. Con su permiso. Ese es Joaquín Cortés.

12 de diciembre de 2012

FLAMENCO & "SEXO EN NUEVA YORK".

Siempre he sido fan de la serie Sexo en Nueva York, de sus películas, de sus personajes, de su lujo, de sus historias. Me parecen inexplicables y soy consciente de que nada existe, pero me entretiene.
Como la mayoría que conoce algo de la serie, la protagonista Carrie Bradshaw es espectacularmente cursi y atractiva. Y a mí me chifla ese personaje sacado de la fantasía universal.

Escritora, con mal de amores, escribe una columna de sexo en un periódico y se codea con la alta sociedad neoyorkina subida en Manolos y bebiendo Cosmopolitans. Rodeada de tres amigas dispares, no se entiende cómo pueden cuidar una amistad de polos opuestos. Vive entre el amor y el odio del siempre presente Big, entre idas y venidas de otros hombres.

Yo he cambiado los artículos sobre hombres y sexo por notas de prensa de flamenco, es lo que realmente me reconforta y me hace sentir pasión. Leer y releer, verlo publicado y sentir una satisfacción interior. No uso tacones, ni Manolos, ni Pepes, ni Juanes, porque con mi más de metro setenta parecería un estandarte, y si pensamos que cambio los Cosmopolitans por rones con coca-cola... llegadas ciertas horas de la noche o del día parecería subida a unos tacones de 15 centímetros la mismísima Macarena por el puente de Triana. Así que tacones, como que no, no por favor.



Yo tengo algo más de tres buenas amigas, son distintas entre ellas... Miranda, Samantha y Charlot me parecen poco, creo que los guionistas de esta serie deberían de conocer a Ana, Cris y Eve. Eso se convertiría en una serie de acción y terror, verdadero terror. En la variedad está la amistad, creedme, ellas son demasiado peculiares y horriblemente terroríficas, sin duda, le darían un toque Almodóvar al film neoyorkino.

El “hijoputismo” de Big, hacedme caso, no es para tanto. Yo he conocido a hombres mucho peores, que enganchan más y desenganchan menos que este moreno de dos metros. Tíos que por mucho que los odies por lo que sea, siempre los amarás por mucho más, y ahí están... vivos y coleando, nunca mejor dicho. Personas que se mueven por apetencias, por ganas, por situaciones, por casualidades, por caprichos... y después de todo ello... puede, que con mucha suerte estés tú en su mente. Atención: ¡en su mente! Nada de corazones, ni almas, ni sentimientos profundos, ni pasiones que no existen y son sólo producto de nuestra imaginación femenina. Por favor, es que las chicas somos... Perdona, ¿Somos, qué? es la pregunta que siempre revuelve mi interior cuando entro en cólera. 


Pero yo me autocontrolo más de lo que la gente cree, que es lo que Carrie debería hacer. Esa guerra interior que existe siempre entre el control y dejarse llevar, entre frenar o acelerar...y si te estampas, algo o alguien te salvará, más bien algo. Al final acabas dejándote llevar y liándola, y todo el mundo se acuerda de ello; por eso siempre me decanto por el impulso, porque al menos se acordarán de ti.

Otra cosa de la serie a nombrar es la moda. Audi estrenó uno de sus modelos en la primera película de las cuatro neoyorkinas más famosas de la televisión. Audi... atención, ni Renault ni Peugeot... Samantha conducía en una escena un Q7 por primera vez en el mundo. Y luego está Prada, Channel, Dior, Valentino, Cavalli... y una larga lista de marcas y diseñadores de alta costura que fabricaron modelos exclusivos para las cuatro pardas de Nueva York.

Estas escenas son comparables a la mía este verano... 2 de Agosto, Cartagena, La Unión... Festival Internacional del Cante de las Minas... ahí que llegaba yo con mi Seat Ibiza de hace quince años, alias "Flecha roja" con una pegatina amarilla de alta tensión en el maletero y un Bart Simpson enseñando el culo en la bandeja. Más glamour era poco posible, por no decir el trapo de cinco euros que llevaba del mercadillo para pasar el menor calor posible en este infierno de verano que hemos sufrido. Ni Inditex. Ni Mango, ni Blanco, ni básico, ni fondo de armario. La gitana del “mercao” que más chilla es la que tiene las prendas más frescas, te lo digo yo. Y entonces, cuando te bajas del coche y esperas en la recepción que te preparen tu suite, llega un hombre entrado en carnes y en sudor y te dice que te alojas en el tercer piso, que no hay ascensor y por la cara que pone no te piensa ayudar. Vale, bien, no pasa nada, por el flamenco soy capaz de cualquier cosa, ya me subiré yo tres pisos con cuatro bultos como buenamente pueda. Cuatro bultos que casi no caben en la suite de seis metros cuadrados. Y no querría nombrar el armario, porque eso no era un armario, era un ataúd incrustado en la pared.

Carrie tiene un amigo gay, es lo que a mi me falta, el amigo con el que pueda hacerme la blanda, la débil y que baile a mi antojo, me toque las palmas y me diga que estoy guapa con una mierda en la cabeza. Por el momento ese papel lo suple mi padre. Y yo le daría un Óscar al pobre.


Quería decir con esta entrada, que aunque este blog se llame "Flamencólica", soy una chica normal, una persona que ríe con sus amigas, que llora por los hombres y que es feliz con lo que tiene. Porque con la clase se nace, no se hace viendo series. Y también sé escribir más cosas que no son flamencas, pero que me hacen la misma gracia, como esto. Y sé que habrá personas que entren y lo lean y no entiendan nada, y otras me adorarán y reirán a carcajadas... pensando cómo cojones se me ocurre escribir semejante absurdez divertida. Las cabezas, gente, mi cabeza...

La Carrie Bradshaw del flamenco podría ser yo, porque no tenemos nada en común, pero siempre nos sacrificamos por lo ajeno. Lo suyo es un papel de serie, de cine... Lo mío puede que también sea un papel... el que me ha tocado interpretar en esta vida. Una vida de cine pero sin pantallas gigantes.


Flamencos, bailemos, porque todos los días sale el sol, chipirón.
Esto no es Nueva York. Esto es arte. Y olé.

Va por ustedes:

Mis amigos, por aguantar. Mis niñas de bien, por fabricar sonrisas.
Mis hermanas, porque yo también crezco. Mis flamencos, por marcarme el compás.
Zicky por las sugerencias de corrección y el desenfado.
A los que pasaron por aquí y repitieron alguna vez. Gracias a todos, sonrían para la foto.